Otra boda maldita.

No cabe duda que el amor es imprudente. El zar antilavado de uno de los países con mayor problemática en ese terreno no tiene amigos, solo adversarios e interesados.

Casarse en Guatemala y tener a cientos de invitados es un acto de miopía política y de exceso de ingenuidad. La especie de que se tomó la decisión de hacerlo en aquél país por razones de seguridad es un contrasentido y un mensaje de desconfianza al propio gobierno al que aún pertenece. La reciente razón de que fue por razones de nostalgia, confirman la falta de visión de a quien se consideró incluso como uno de los baluartes de la Cuarta Transformación.

Invitar a personalidades públicas fue equivalente a una patente de corzo, a una garantía de impunidad. ¿Nunca pensó que jamás podría investigar a sus invitados o estaba tan seguro de ello que hasta al dueño de uno de los medios más críticos con el Presidente fue de sus convidados?

La posición de Santiago Nieto es insostenible. Ya el inquilino de Palacio Nacional consideró incorrecta la fastuosa celebración. El fantasma de la boda de César Yañez subsiste.

Ya no podrá indagar la salida del país de 35 mil dólares en efectivo porque eran de su amigo ni los conflictos de interés entre sus demás invitados.

¿Quién podrá confiar ahora en la imparcialidad del titular de la UIF?

Adscribir a esa Unidad a la FGR o a la Procuraduría Fiscal es uno de los escenarios que ya se barajan.

El amor . . . Pero qué necesidad.