Claudia Bolaños

Mujeres que van de visita al Reclusorio Oriente, invierten entre 700 y mil pesos cada vez que van a ver a sus internos, al tenerles que suministrar lo que el Estado no les da: Comida de buena calidad, agua purificada para beber, uniformes y comida.

Lo peor es que también deben dar dinero para la corrupción que pese a los cambios de gobierno y de partidos políticos en el poder, subsiste al interior de los penales mexicanos.

Estas mujeres viven una condena al mismo tiempo que sus internos, al estar obligadas a conseguir el dinero y llevarles lo necesario para poder sobrevivir de la mejor manera, y no ser agredidos como un modo de presión a sus familiares.

Desde Topilejo, Reyna llega al Reclusorio Oriente desde hace 13 años, viene a ver a un familiar a quien aún le restan 7 más para alcanzar su libertad.

¿Su esposo, su hijo? No lo dice. Camina presurosa para llevarle comida que ella misma le preparó: Frijoles de la olla y arroz, pero además lleva un poco de mole con pollo que le enviaron unos vecinos a su interno.

Pasa además a comprar tortillas, pan y un pollo rostizado. Deja encargadoa una pequeña bolsa donde va su teléfono celular que no puede ingresar, y por lo cual debe gastar otros 5 pesos.

Dentro, por la mesa en la zona de Visita le cobrarán 50 pesos, porque al interior algún reo tiene la “concesión” del uso de ese lugar, como parte de la corrupción imperante en los penales capitalinos.

Como ella, otras madres, esposas, hijas o novias, no abandonan a sus familiares que están privados de su libertad. Llegan cargando varias bolsas con comida casera, despensa, productos de aseo personal, dinero para pagar el cobro diario que de manera ilegal les hacen por estar en la cárcel, lo cual llaman “el pase de lista”, y que va de los 10 hasta más de 60 pesos diarios, dependiendo la condición de la persona privada de su libertad.

Pese a sus dolores físicos por cargar bolsas pesadas, lo que les genera contracturas, dolores de espalda, rodillas cintura, ellas no desisten en auxiliarlos.

Acompañada de su hijo menor, desde hace 6 años Leonor va en camión de Ecatepec al Reclusorio Oriente de vista, va cargada con todo lo necesario para su hijo de 23 años, y el dinero para entregar diario 15 pesos del pase de lista. A la semana son

A él debe dejarle para el llamado pase de lista que en su caso es de 15 pesos, es decir deja 105 pesos a la semana para la corrupción.

Sus bolsas a veces tienen varios kilos de peso. “Te dan contracturas porque el peso de las bolsas es mucho”, dice.

Aun le faltan dos años más, “y creo que a esto nunca te vas a acostumbrar”, dice.

Mamá, tía y novia de un joven de 25 años, acusado de lesiones dolosas, que esta bajo prisión preventiva apenas hace unas semanas, mientras es juzgado. Todas llevan bolsas con productos, porque la familia del acusado está unida, y se cooperan para llevarle 60 pesos que paga diario en el área en que se encuentra y 120 cada fin de semana, sólo porque es de recién ingreso.

“Considero que nos gastamos de 700 a mil pesos en pasajes, comida y lo que le dejamos a él, para que pague su pase de lista. Le trajimos milanesas, papas, jamón, sopa, agua en garrafón, papel higiénico y ropa limpia”, dice su tía.

La comida debe durarle para dos días. Hoy es martes y el jueves le traerán más, así como el sábado y el domingo.

Eso lo hacen porque la comida es muy mala, pese a las concesiones para comprar alimentos de primera los cuales son vendidos a la misma comunidad penitenciaria.

Físicamente la mamá de este chico se dice cansada por el esfuerzo de ir dos veces a la semana cargada con varias bolsas.

“Es una pesadilla”, dicen la cual apenas va iniciando para esta familia de la colonia Pensil.

A ello se suma las extorsiones por parte de los custodios para dejarlas ingresar, ante irregularidades que ellos inventan para evitarles el ingreso y obligarlas a darles “dádivas”, como el tipo de zapatos u otros colores no impedidos en el reglamento para la visita, pero que a manera de presión los custodios dicen que no pueden vestir. “Es café, no es beige (color de los uniformes de los internos)”, repelen los celadores y no hay quien les gane.

Por eso frente a este penal y casi todos los de la capital del país hay puestos para rentar una prenda por 10 pesos, pero también para comprar comida hecha, que para dos personas cuesta 140 pesos, consistente en un guisado, arroz y frijoles.

María apenas lleva un mes de que su hijo fue detenido. No lo ha podido ver, pues el joven permanece en la zona de Covid, en cuarentena forzosa para evitar que pudiera contagiar a otros internos antes de poder convivir con ellos.

La mujer no ha podido verlo, pero le lleva en una bolsa de plástico, marcada con el nombre del joven, sus productos de aseo, agua en garrafón de 10 litros y la comida que le deberá durar hasta la siguiente visita. Entre pasajes y comida, estima que invierte entre 500 y 700 pesos “es que se gasta mucho aquí”, dice.

Verónica sabe que la corrupción le quita unos 80 pesos cada día de visita, para no ponerle pretextos que la impidan llegar hasta su hermano, a quién le han pegado por no tener dinero para hacer el pago del pase de lista.

Ella habla de sus dolores de rodillas y de que en estos días será operada, sin poder ir a ver su hermano, pues el ir apoyada en bastón, cargando tan sólo una bolsa “es como caminar en vidrios”.

Hace poco que su hermano fue ingresado para ya detectó que fuera de la cárcel varias personas le pedirán su ayuda para pasar bolsas u otros productos, como pasta de dientes o comida que le envían a internos, entre los cuales va escondida droga.

Narra que hace unos días una anciana fue detenida con una silla de ruedas repleta de droga dentro de sus tubos.

También cuenta que ha tenido que pagar por una papeleta de visita, conocida como pase único, por 3 mil pesos. Los custodios se lo vendieron para entrar pese a que haya faltado algún documento, asegura.

Isabel lleva 5 años yendo de visita, lo que ahora le sale en unos mil pesos en cada visita. Pero quizás esta haya sido su última vez que vino cargando a veces de hasta 10 kilos en total de peso en sus bolsas.

Viene a ver a su hijo, quien le ha pedido ya esperar a que le digan qué día es liberado.. Este sábado de visita le llevó dos guisados que ella le preparó, pollo, verdura y le comprará pan blanco para dejárselo.

“Ella está feliz de ya no pasar dolores de espalda, cintura, pies y en general de todo el cuerpo”.

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