Los debates sí definen

Ricardo Peralta Saucedo

La democracia es el mejor sistema de gobierno para las polis de la antigua Grecia.

La historia de la oratoria tiene su origen en la antigua Grecia, donde la postura sobre la filosofía, la historia, la política, entre otras materias, eran motivo de profundas alusiones al conocimiento.

El arte de la oratoria significa la fusión entre la virtud del habla, el conocimiento y la improvisación creativa, donde una idea pueda ser expuesta y defendida en el debate. El don de la palabra no es suficiente, se requiere una mezcla de astucia, inteligencia y manejo emocional sobre el oponente.

Dos ejemplos entre debates memorables:

El primer debate televisado de la historia enfrentó a John F. Kennedy y a Richard Nixon en septiembre de 1960. Se dice que los estadunidenses que escucharon el evento por la radio consideraron que Nixon, entonces vicepresidente de Eisenhower, había vencido a un adversario más joven e inexperto. Pero en 1960 el 88% de las familias americanas tenían una televisión en casa y la pantalla contó una historia muy diferente: en ella, Nixon, recientemente hospitalizado, aparecía pálido, sudoroso y nervioso, frente a un Kennedy mucho más carismático y tranquilo. Quienes vieron el debate por televisión consideraron que era el demócrata quien había ganado. Nixon se repuso en un segundo debate, pero el daño ya estaba hecho. Kennedy, por su parte, llegaría a considerar que la televisión le permitió ganar las elecciones.

Otro clásico en el terreno de la confianza que mata es el debate entre George W. Bush y Al Gore. En este caso, se trata de un ejemplo de cómo perder un debate pensando que lo ganas. Al Gore trató a Bush de forma condescendiente, suspirando ruidosamente cada vez que abría la boca. Lo que consiguió, desafortunadamente, fue retratarse como un pedante.

Margarita González Saravia mostró su categoría humana, intelectual y política frente a una muy disminuida Lucía Meza, candidata del PRIAN a la gubernatura del estado de Morelos. Si bien es cierto que se sabe que los debates no determinan el triunfo electoral, sí pueden hacer cambiar de opinión a los que aún no definen su voto y a quienes, habiéndolo hecho, se desencantan de su primera opción, y eso ocurrió al mostrar esa superioridad discursiva que otorga la seguridad y el impacto de la presencia física que, a diferencia de la frialdad de las redes sociales, los mítines o las entrevista tras un micrófono, cuando se tiene dominio de los temas de gobierno no es necesario leer como lo han hecho todas los y las candidatas del PRIAN.

Margarita González Saravia ganó el debate y, sin duda, será la gran gobernadora que merece el bello estado de Morelos.

Por otro lado, el debate de la CDMX mostró a una Clara Brugada con miles de horas de vuelo en la lucha social y en el ejercicio público, no cabe duda que la experiencia en el manejo del don de la palabra y de la trayectoria pública sirve mucho más que horas de ensayo con entrenadores cuadrados que no ayudan más que a mostrar la rigidez robótica, como lo hizo el candidato del PRIAN a la Ciudad de México, una característica muy panista, fue un debate dinámico donde las propuestas de Clara Brugada eclipsaron la estrategia de débiles y falaces acusaciones como único objetivo del debate.

En la historia de los debates de los políticos en nuestro país hay enorme memoria para las y los apasionados de la oratoria, una reforma a la ley electoral también debería incluir la obligatoriedad de debates quincenales durante las campañas electorales, no opcionales, donde se pueda apreciar con toda transparencia quién llevará las riendas de la administración pública y, por ende, el futuro de generaciones de mexicanas y mexicanos, las candidatas Margarita González Saravia, de Morelos, y Clara Brugada, de la CDMX, mostraron su lado humano, fresco, inteligente, afectivo y valiente, así como lo demostró nuestra próxima presidenta de México, la doctora Claudia Sheinbaum Pardo, frente a la muy inferior candidata del PRIAN.

No cabe duda que es tiempo de mujeres talentosas y patriotas.

Archivo de Ricardo Peralta